
Una inteligente comedia romántica con matices de drama intrínseco, sarcasmo y buen cine, donde la soledad y la crisis laboral de nuestros días juegan un gran papel para el reconocimiento del público más exigente.
Ryan Bingham (George Clooney) es contratado para que vaya a empresas en las distintas ciudades de los Estados Unidos a despedir al personal no deseado. Es un trabajo difícil, que nadie quiere hacer, pues estamos hablando de seres humanos, no de artículos desechables. Para el gerente, es más fácil contratar a quien haga el trabajo “sucio”, que evitarse la pena de hacerlo por sí mismo.
Para el empleado despedido la noticia puede ser devastadora, si tomamos en cuenta que le ha sido leal a la empresa por 20 años. Y luego viene la pregunta: “Sin esto ¿qué otra cosa puedo hacer?” La persona puede reaccionar violentamente, insultar, deprimirse, intenciones suicidas; toda una gama de sentimientos para los cuales tiene que estar preparado el que contrataron para esto. Clooney, o mejor dicho, Ryan es un profesional en la materia, mantiene sus emociones al margen. Es frío, calculador y nada condescendiente con los sentimientos del individuo.
Ryan es “el mejor” en su trabajo, pero su vida parece complicada. Viaja en aviones de ciudad en ciudad, sin ver a la familia, ni poder mantener una relación estable, sin un hogar donde pudiera refugiar su corazón en esos momentos importantes donde la soledad cala. Para mitigar el aspecto emocional, mantiene una disciplina, un estilo de vida inteligente y una filosofía pragmática. Como muchos de nosotros, él no sabe lo que quiere, pero sí sabe lo que no quiere. Compara a la vida con una mochila donde pudiera llevar todas sus posiciones. Más que una familia, Ryan sueña con llegar a tener 1 millón de millas de viajero frecuente en la línea donde siempre lo acomodan en clase ejecutiva.
Un buen día, una chica inteligente recién graduada de universidad, llega a revolucionar su compañía, correr a las personas por medio de una video conferencia por la Internet y así ahorrarse el viaje de los ejecutivos que realizan esa labor. A Ryan, la idea de que la novata lo aterrice, le parece descabellante e impersonal. El jefe le pide que la entrene, pero más que un entrenador, tendrá que hacerla casi de niñera, pues la chicha no tiene idea de cómo viajar ligero y de cómo enfrentarse con la realidad de correr a alguien frente a frente.
Por su parte, Ryan ya tiene conexión directa con una azafata madura, con quien mantiene su aventura amorosa en el aire. Cuando los tres se encuentran, sucede algo muy padre, es la lucha generacional llena de sarcasmo y realidad.
La historia sigue su curso, Ryan se clava con la azafata, la lleva a la boda de la hermana que no tiene para la luna de miel y le ha pedido a sus familiares y amigos que fotografíen un cartón con la imagen de la pareja en los distintos lugares históricos y turísticos del país y así hacerse a la idea de que viajaron por todo el país. Ryan, por su trabajo, siente la necesidad de ayudar a todos a su manera, pensando que así se pudiera ayudar a sí mismo. Todo se da con un simbolismo casi intangible para que nuestro personaje principal entre en una catarsis y analice exactamente lo que quiere hacer con su vida.
La película es de una estupenda manufactura, sin tanto drama, muerte, odio, ni violencia. Ni gritos, ni sombrerazos. Las actuaciones son discretas, elegantes y efectivas. La edición es súper limpia, la música sensacional, la fotografía diáfana. El guión y los diálogos perfectos. Por todo esto, es la realización que está a la cabeza de la lista y quizás sea ganadora del Oscar® a Mejor Película. Así que todos a vivir un “Amor sin escalas/Up in the air”.
